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Patagonia 2002
 
 
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La Paleontología, por Premji Paulina



Premji es del Museo Carmen Funes, cuyo director es Rodolfo Coria, en Plaza Huincul, Argentina. Se graduó de la Universidad.

En una hermosa ciudad turística llamada San Carlos de Bariloche, en el sur de Argentina, vivía una pequeña niña que amaba la naturaleza: piedras plantas y animales. Como a otros niños del mundo, los fósiles le llamaban mucho la atención y por qué no decirlo, los grandes Dinosaurios. Tanto que no se contentó con traer un día del campo los huesos de una vaca para "armarlos" en casa, sino que, palita en mano comenzó un día una excavación en el patio en busca del dichoso dinosaurio. Pero no estaba sola: su comprensivo padre no dudó en no arruinarle la ilusión con un frío "es imposible, no hay dinosaurios en el patio" y le ayudó pacientemente a cavar los pozos (que obviamente después él tuvo que tapar) en esos sedimentos terciarios posteriores a la gran extinción. Por la cabeza de esa niña no se cruzaría la idea de ser paleontóloga sino muchos años más tarde, cuando la realidad de esos fósiles superara el poder de su imaginación y se le despertara el interés por la Evolución. No podía imaginarse que 20 años después seguiría, palita en mano, haciendo pozos en el suelo, pero esta vez sí había dinosaurios ahí abajo...

Mi nombre es Premji, y sigo siendo en parte esa niña que se asombra con cada fósil que ve y que le encanta pasar largas temporadas en el campo, sin mucho contacto con la civilización. Y soy una nueva paleontóloga. Bueno, estoy aprendiendo a serlo. Mi familia aceptó con resignación que no eligiera una carrera mas lucrativa y me apoyó moralmente en todo momento, y tiempo después cuando comenzaron a ver los resultados reconocieron que era feliz haciendo lo que hago.

Estudié en la Universidad Nacional de La Plata (en la Provincia de Buenos Aires), en el hermoso ambiente de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo, anexada al Museo de Ciencias Naturales de La Plata. Es una carrera vocacional larga, difícil... y apasionante. Y si algo aprendí es que no se necesita ser un genio para lograrlo, simplemente muchas ganas y perseverancia. El museo es un edificio hermoso, imponente, con dos enormes "dientes de Sable" que cuidan la entrada y se encuentra emplazado en un parque al que llaman "el bosque"; El mayor grupo de paleontólogos del país trabaja y enseña allí. Los alumnos se acercan al museo y se ponen en contacto con los investigadores en la rama que les interesa. Yo fui directamente al Departamento de Paleontología de Vertebrados, a cargo en ese entonces y todavía, del emérito Dr. Rosendo Pascual, en el subsuelo del edificio al que los estudiantes llamamos "catacumbas". Allí se encuentran especialistas en los grupos de megafauna sudamericana, principalmente mamíferos y también aves, peces y reptiles marinos. Los interesados en trabajar con dinosaurios tienen que viajar hasta Buenos Aires al museo Argentino de Ciencias Naturales, donde se encuentran

los paleontólogos José Bonaparte y Fernando Novas. Otra vez los dinos se alejaban de mi camino. La mejor opción estuvo entonces con los reptiles marinos; Así que realicé mis primeras incursiones en la paleontología bajo la tutela de una gran mujer y paleontóloga, Zulma Gasparini, a la que tengo gran admiración y cariño y le debo mucho de lo que soy hoy como profesional.

Fue a finales del año 2001, cuando me quedaban solo tres materias para terminar la carrera, que mi vida dio un cambio rotundo. Le llamo a eso estar en el lugar oportuno en el momento oportuno. Conocí en persona a Rodolfo Coria, que es el paleontólogo y director del Museo Carmen Funes en Neuquén, lugar donde se encontraron muchos dinos. Me había invitado a participar de una de sus campañas en la Provincia, que estaba llevando a cabo junto a Phil Currie, paleontólogo de Canadá; ambos son especialistas reconocidos en dinosaurios carnívoros. Trabajamos durante días en la extracción de uno de esos dinosaurios. Unos meses después Rodolfo me hacía la gran propuesta: ¿te animarías a venir a trabajar a Neuquén? No lo pensé dos veces. Me recibí, hice mi bolso y aquí estoy. En una pequeña ciudad petrolera en medio del desierto patagónico; se llama Plaza Huincul y es aquí donde se encontró el dinosaurio mas grande del mundo, el Argentinosaurus huinculensis. Es en este lugar donde Rodolfo me está enseñando a trabajar con los fósiles de dinosaurios carnívoros, para lo cual sigo estudiando mucho.

Pero querrán saber cómo es el trabajo del campo. Nuestra última campaña, en noviembre de 2002 nos encontró trabajando en la zona del Auca Mahuida, famosa por los huevos y los embriones de dinosaurios titanosaurios encontrados allí. En este lugar se estuvo trabajando por varios años seguidos junto al paleontólogo Luis Chiappe del Museo de Historia Natural de Los Angeles, desde que se descubrieron los nidos, en 1997. El lugar es bastante árido y la vista se pierde a lo lejos entre lomas veteadas de sedimentos colorados del Cretácico. No hay casi árboles y la vegetación dominante es de jarilla, planta arbustiva que en esta época está llena de ramilletes de flores amarillas que agregan más color al paisaje. Esta vez el grupo estaba conformado por paleontólogos, geólogos y estudiantes de diversos lugares tanto de Argentina como de Estados Unidos, dirigidos como siempre por Rodolfo y Luis. Nuestro trabajo consistió principalmente en el mapeado de huevos y nidos (es decir conteo y distribución de los huevos) y en la extracción de los embriones. Suena muuuuy fácil.

La jornada empieza con un buen desayuno en el campamento, armado a pocos metros de un pueblito minero abandonado. El municipio estaba habilitando un edificio que había sido escuela y nos ofreció utilizar las instalaciones, lo que permitió tener un techo sobre las cabezas al momento de comer y un poco menos de arena en los alimentos. Los despertadores están de mas: los loros con sus gritos se encargan de despertarnos, y bien temprano! Después, unos 5 kilómetros en camioneta hasta el lugar donde se encuentra la cantera, a la que se llega trepando una loma. Como no hay espacio para todos dentro de las camionetas, por turnos algunos viajan atrás, entre las mochilas, el agua (que se trae del campamento) y las palas. Desde ahí hay mas posibilidad de ver fauna de la región: los ñandúes corriendo, liebres, zorros y ocasionales tortugas al costado del camino (la "mara" o liebre patagónica no es tan fácil de ver, pero pienso que uno de los norteamericanos vió una ya que me dijo haberse encontrado con una liebre del tamaño de un perro...)

Los primeros días en cualquier excavación son agotadores, puesto que primero hay que sacar el sedimento o roca que se encuentra por encima del lugar donde se quiere trabajar. A veces son centímetros y otras pueden llegar a ser desoladores varios metros... Esta vez no era demasiado y en un par de días de pico y pala se delimitó la cantera. Una vez que se alcanza el nivel deseado, se dejan las herramientas grandes y se comienza a trabajar en detalle, con herramientas mucho mas pequeñas y delicadas, como pequeños punzones, martillos y pinceles. Esta etapa es mas tranquila pero no menos cansadora. Es emocionante encontrar un pedacito de cáscara y ver aparecer poco a poco el huevo al ir quitando con cuidado el sedimento que lo rodea. Al cabo de dos semanas había tantos huevos que para poder seguir trabajando sin pisarlos debíamos acomodarnos de las maneras mas diversas, a veces grotescas posturas que al término del día dejan sus secuelas... como miembros entumecidos y espaldas doloridas, además de alguno que otro dedo martillado. El sol, el viento y la tierra terminan de hacer el trabajo sobre la piel de cara y manos dejándola como debe haber sido la piel de un dinosaurio: seca, quemada y cuarteada!

Al mediodía un descanso para comer y tal vez dormitar un rato bajo la pobre sombra de una grieta. Es la hora en la que el sol pega mas fuerte y para evitar quemaduras se usa mucha crema y ropas largas ¡a pesar del calor! Después vuelta al trabajo, interrumpido de tanto en tanto para tomar los infaltables mates (¡costumbres argentinas!), hasta las 6 de la tarde cuando guardábamos todo, tapábamos la excavación y volvíamos al campamento. Casi todos los días hizo mucho calor...y viento, que comenzaba a soplar puntualmente a las 5, sino antes. A cualquiera que hubiera pasado por ahí le habría parecido llamativo ver ese extraño grupo de personas haciendo esfuerzos por evitar que se vuele una enorme lona y colocarla sobre la excavación. La lona se sacude con muchísima fuerza y es casi imposible inmovilizarla, mientras que el viento sopla fuerte y torbellinos de tierra roja se elevan por el aire, entrando en los ojos y llevándose todo lo que en algún descuido quedó sin resguardar: gorros, camisas, pinceles, almohadillas de goma y palanganas...En esos momentos se hace difícil incluso hablar. Las manos se mueven rápido colocando rocas en los bordes de la lona para asegurarla bien. Si llueve, la lona evitará que los delicados huevos descubiertos se mojen y destruyan. Hicimos esto (sacar la lona por la mañana y ponerla por la tarde) pacientemente todos los días y fue una odisea cada vez!. La vuelta al campamento siempre con la esperanza de encontrar las carpas en pié ( el viento rompió muchas varillas pero no se llevó ninguna carpa) y poder sacarse la tierra de encima con un buen baño. Nos volvemos a reunir todos en la mesa a la hora de cenar y es una buena ocasión para charlar, hacer preguntas y compartir experiencias con el resto del equipo, ya que no todos trabajamos en el mismo lugar ni hablamos el mismo idioma. Una particularidad de esta profesión, que me gusta mucho, es que te pone en contacto directo con colegas y estudiantes de cualquier parte del mundo que comparten un interés en común: los fósiles, y en este caso los fósiles de dinosaurios. Esto puede pasar en reuniones de paleontólogos o en campañas como ésta. Y es así que he conocido mucha gente interesante, entre ellos a Lowell Dingus, quien me propuso que escribiera esto.

El trabajo en la cantera continúa y a medida que los huevos son descubiertos, se los mapea (o sea que se los dibuja a escala) utilizando una grilla de 1mX1m. Con esos datos después se realizarán gráficos que aportarán mas información sobre el modo de vida de estos animales. Así, vamos llegando a la etapa final del trabajo, en la cual se busca con cuidado dentro de cada uno de los huevos la presencia de embriones, que son muy muy frágiles, o restos de piel que pueda haberse preservado. Y no quisiera decepcionar a nadie, pero los embriones no son pequeños esqueletos completos de dinosaurios en el interior del huevo. Mas bien hay que imaginar que el huevo fue utilizado como una maraca y los pequeños huesos quedaron amontonados y rotos en el fondo. Si el huevo fue aplastado, los restos quedan aplastados también entre las dos cáscaras! Además hay que tener buen ojo para verlos y las lupas de mano que usan los geólogos pueden ayudar.

Grandes bidones de agua fueron llevados en camioneta y después acarreados hasta la cantera cuando llegó el momento de hacer los "bochones", estructuras de yeso, arpillera y papel que permiten extraer los fósiles y transportarlos sin dañarlos. Cuando se tiene la certeza de que el huevo tiene embrión, se hace con él un pequeño bochón. Hubo sin embargo un par de bochones grandes, con varios huevos bien preservados juntos. Estos pesaban bastante y fueron necesarias varias personas para poder bajarlos de la loma en una especie de "trineo" y subirlos después en las camionetas. Pasamos los últimos días catalogando todos los fósiles que se sacaron y guardándolos cuidadosamente en cajas.

La última noche, despedida obviamente con un asado al aire libre. Las noches en el campo son hermosas ¡solamente en lugares así pueden verse tantas estrellas!

Siempre me pone un poquitín triste volver. El trabajo de campo me hace muy feliz y me pone de muy buen humor. Pero esta campaña también terminó y por

la mañana el campamento se levantó, se cargaron las camionetas y volvimos a nuestro museo, en Plaza Huincul, donde los huevos están guardados y pronto comenzarán a ser estudiados.

Se tarda unos días en acostumbrarse al cambio, aunque es delicioso volver a dormir en una cama con sábanas limpias después de tres semanas de carpa...Y yo me quedo contenta a pesar de todo, porque trabajar en el museo junto a Rodolfo no es para nada aburrido y además, tengo la esperanza de volver a salir pronto...
 


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